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Capital intelectual y «riqueza de las naciones»

Alfons Cornella Solans   Por Alfons Cornella Solans

En un interesante artículo en el Wall Street Journal Europe (22/01/97, p. 1), se comentan las teorías del economista norteamericano Paul M. Romer, profesor de la Stanford University, sobre las razones del crecimiento económico de las naciones.

Su New Growth Theory tiene tantos seguidores como adversarios, pero nadie puede negar que resulta muy estimulante. El núcleo de la teoría de Romer es que en la actualidad el principal «motor» del crecimiento económico son las ideas y los descubrimientos tecnológicos. ¿Por qué? Porque, a diferencia de otros factores económicos, como el capital, la tierra o las máquinas, las ideas no cumplen la «ley de retorno decreciente» (según la cual conforme aumentan los recursos productivos decrece el % de crecimiento del output). En otras palabras, si bien una máquina sólo puede usarse para una determinada actividad en un determinado momento, una idea puede multiplicarse indefinidamente, a bajo coste, y producir un efecto multiplicativo importante.

Paul M. Romer

 

 

Paul M. Romer
Foto: Wikipedia

Ley de rendimiento (o retorno) decreciente

Si en un proceso ya estable se usan n factores productivos X, y se van añadiendo más X manteniendo los demás iguales, cada unidad adicional de X produce menos resultado que la anterior.

No se produce menos en total, sino que el aumento es cada vez menor.

Ejemplo:
En una oficina pequeña con 1 ordenador, 1 persona produce 10 informes. Si se ponen dos personas, como se interfieren y pierden tiempo coordinándose, quizá no produzcan 20, sino 18. Si se une una tercera persona en total quizá producen solo 24 informes…

El output total sube, pero el % de incremento disminuye.

Consecuencias:
Contratar más gente no siempre mejora la productividad.
Invertir sin cambiar la organización tiene límites.
La eficiencia importa más que poner más recursos.

Decir que las ideas (el conocimiento) son un recurso fundamental no es decir nada nuevo, aunque, el concepto de «capital intelectual» está tomando cuerpo rápidamente (las páginas de Negocios de El País del 26/01/97 contenían un artículo sobre el tema, casualmente).

Lo importante es que algunos bancos de inversiones están considerando seriamente las ideas de Romer con algunos efectos prácticos: por ejemplo, aumentan los recursos destinados a invertir o prestar a empresas con capital intelectual aunque con poco capital físico (es bien sabido que los bancos están dispuestos a dejar dinero con la garantía de «ladrillos» –los activos fijos del solicitante–, no con la garantía de «ideas»; algo que deberá cambiar, obviamente).

En una línea parecida, un artículo en el Business Week (16/12/96, p. 36) comenta como las estadísticas oficiales norteamericanas siguen aún el «viejo estilo» (medir la evolución de los sectores clásicos y pesados: agricultura, industria, etc.), en lugar de aplicarse a medir los sectores informacionales, probablemente más responsables del crecimiento económico actual. No están aún bien definidas, quizá, las variables econométricas de la era de la información. Así, por ejemplo, se comenta la paradoja de que si un supermercado invierte en la construcción de una nueva nave, el gasto realizado se incluye en el producto nacional bruto, pero el dinero destinado a realizar el web de la empresa no se incluye.

Conclusión: en la era de la información, no hay información sobre el sector de la información. Un día no lejano, esta situación será estudiada como paradójica. Es como si en la revolución industrial se midiera el crecimiento económico por el número de uvas recogidas por persona pero no los miles de metros producidos por los telares.

En un estudio del banco Dresdner Kleinwort Benson titulado Implications of the Information Age se dice que los efectos de las tecnologías de la información en la economía mundial se harán sentir también especialmente en términos de reducción de la inflación. Una muestra clara lo representa el comercio electrónico en Internet: si puedes comprar un producto en Internet desde tu casa, es muy probable que compres el más barato, ya sea en el «web de la esquina» o en un web en Singapur, con el consiguiente efecto en la bajada de los precios (dejando aparte el tema de los impuestos en Internet). Aunque la era de la información también conlleva el peligro de aumentar extraordinariamente las diferencias entre ricos y pobres (personas y países), lo cual nos debería hacer pensar en mecanismos compensatorios.

En fin:

  • El conocimiento es el activo principal, a futuro.
  • Las naciones harían bien en invertir en la inteligencia de sus ciudadanos

Quedaría por ver si lo estamos consiguiendo en España con la nueva ESO.

Esta información se publicó en la revista Information World en Español (IWE), v. 6, n. 4, abril de 1997, pp. 5-6.